En la oscuridad, mientras espera la llegada, una noche más, del maldito sueño, algo puro pero imperfecto comienza su viaje en el ojo izquierdo. Avanza, primero despacio, luego más rápido. Hasta que llega a los labios, donde después de descansar un segundo, se rompe. Se rompe en mil pedazos, en minúsculas gotitas, que al contacto con la lengua se convierten en recuerdos salados. O amargos, más bien.
Primero, como siempre, llega a su mente la sonrisa. Esa sonrisa perfecta, los ojos perfectos, la persona casi casi perfecta. Ese es el recuerdo imborrable, el recuerdo que cada noche cambia pero que siempre es el mismo, de un pequeño homenaje a algo que quedó a medias una noche de mayo.
Después, pero no menos importante, otro parecido. Esta vez es un recuerdo de un corazón, el corazón más fuerte que jamás haya existido a pesar de físicamente ser tan solo una mitad. El corazón que también desapareció, esta vez en noviembre.
Y para rematar la noche, cuando poco a poco se le van cerrando los ojos, llegan las mismas manos de todas las noches, esas manos algo torpes pero que desprenden dulzura, que transmiten algo que nunca antes había sentido y que tardaría tanto en olvidar que quizás ni se diera cuenta de que lo había hecho.









